"No existe ninguna fórmula ni método secreto. Se aprende a base de amar: prestando atención, y haciendo lo que se descubre que hay que hacer" Aldous Huxley
El budismo tibetano desde hace años ha sido como regresar a mi hogar, y no hablo de “tibetanizarse”, adquirir las costumbres o la vestimenta tibetana, sino de la particular forma de budismo practicada en Tibet.
El Vajrayana, o budismo tántrico, tan complejo como nuestra propia mente, con tantos niveles de práctica y de comprensión, requiere maestros cualificados.
Y cuando estás frente a alguien así, y comprobás la claridad de las instrucciones y la capacidad de transmisión del Dharma, es impresionante, este es el caso de Lama Tsering Everest o de Lama Sherab a quien conocí en otra oportunidad, las dos, mujeres y occidentales, una traductora de Chagdud Rinpoché al inglés en EEUU y la otra al portugués durante sus años de residencia en Brasil.
Una Iniciación o transmisión de poder es una especial ceremonia donde el lama, detentor del linaje de determinada deidad tántrica, o sea el continuador de una práctica que se viene enseñando de maestro a discípulo desde hace siglos, transfiere la posibilidad de acceder a niveles más profundos de la meditación en una deidad, en este caso Tara roja, es como la puerta de entrada al mandala o espacio puro de esa deidad.
En el budismo tibetano las formas luminosas, bellas y traslúcidas que visualizamos y en quienes nos enfocamos no son dioses mitológicos sino que, como dice lama Yeshe son arquetipos de nuestra naturaleza más profunda, representan cualidades esenciales de la Mente Iluminada.
Nos identificamos con esa imagen para hacer aflorar los aspectos más profundos de nuestro ser y traerlos a la realidad presente. Es lo que se llama en budismo un medio hábil, un método de trabajo interno, Tara es un espejo que utilizamos para luego disolver, sin aferrarnos a ninguna forma.
Surgimos como una deidad para atraer esas cualidades en esta realidad relativa o aparente, en este sueño en el que vivimos, hasta que ya no lo necesitemos y podamos directamente experimentar la Realidad última.
Como dice una parte de la sadhana de Tara Roja; “sin recurrir al poder del magnetismo, cómo sería posible ayudar a los otros”, la identificación con los aspectos cotidianos y poco fiables de la mente, es lo más fácil, lo que vemos constantemente, se requiere algo más que voluntad, para transformar nuestra mente y este entrenamiento que propone el budismo es de los más integrales que conozco.
Está en nosotros conocerlo, experimentarlo y comprobarlo.
Este cuento lo leí por primera vez en una excelente revista argentina llamada "Tríada" que salió por los años 1997-1998, y es tan bueno que quiero compartirlo, aunque sé que por lo largo es difícil que alguien lo lea en un post. Aún así tengo la esperanza de que algunos lectores dediquen el tiempo, tengan la suficiente paciencia y entusiasmo de llegar al final, porque vale el esfuerzo.
En la casa de un maestro de esgrima llamado Shoken se había instalado una gran rata que estaba causando estragos. Corría de acá para allá aun a plena luz. Un día, el maestro la encerró en su habitación y ordenó a su gata que la cazara, pero la rata le saltó a la cara y la mordió de tal manera que la gata huyó maullando. El maestro decidió traer algunas gatas con fama de buenas cazadoras en el vecindario y las introdujo en su habitación. Pero la rata, acurrucada en un rincón, saltaba encima de cada gata que se acercaba, la mordía y la hacía huir. Era tan feroz que las gatas renunciaban a volver a acercarse. El maestro se enfureció y comenzó a perseguir a la rata con su espada. La corrió rompiendo puertas, shojis y tatamis mientras la rata se desplazaba como un rayo escapando a todos sus avances, hasta que, finalmente, le saltó a la cara y lo mordió.
Bañado en sudor, el maestro ordenó a su sirviente:
He oído decir que a seis o siete aldeas de aquí vive una gata que es la mejor cazadora del mundo; tráela.
El sirviente así lo hizo. Era una gata vieja, que aparentemente no se distinguía de las demás. No parecía especialmente inteligente ni peligrosa. El maestro no creyó que fuera capaz de nada especial pero entreabrió la puerta y la dejo entrar en la habitación. La gata avanzó, tranquila y lentamente, como si no esperara nada extraordinario. La rata se estremeció y quedó inmóvil. La gata se le acercó despacio y simplemente la tomó entre sus dientes y la sacó de la casa.
Esa noche se reunieron en la casa de Shoken las gatas derrotadas y respetuosamente invitaron a la vieja gata a ocupar el sitio de honor. Se inclinaron ante ella y dijeron con modestia:
Todas nosotras tenemos fama de hábiles cazadoras, somos diestras en esta ocupación y hemos afilado nuestras garras para poder vencer a cualquier rata. Pero nunca imaginamos que existiera una rata tan fuerte. ¿Cómo fue que la venciste tan fácilmente?. Cuéntanos tu secreto.
La vieja gata sonrió y dijo:
-Ustedes, gatas jóvenes, serán muy diestras pero no conocen el verdadero camino; por eso fracasan cuando algo inesperado les ocurre. Pero primero, cuéntenme cuál ha sido su entrenamiento.
Una gata negra se adelantó y dijo:
-provengo de una raza especialmente famosa en la cacería de ratas. Puedo saltar paredes de dos metros de altura, puedo pasar por un agujero pequeño, por el que sólo pasaría una rata. Desde niña he practicado todas las artes acrobáticas. Al despertar, todavía medio dormida, si veo pasar una rata por la viga, me levanto de un golpe y la prendo. Pero esta rata era más fuerte y he sufrido la derrota más terrible de mi vida. Estoy avergonzada.
Y dijo la vieja gata:
-tú sólo has entrenado en técnica, un arte puramente físico. Cuando los antiguos maestros enseñaban la “técnica”, era para ellos una de las formas del Camino. Su técnica era sencilla pero contenía la más alta sabiduría. El mundo actual sólo se preocupa por la técnica. Por cierto que se inventaron muchas cosas sobre la base del lema: “practicando esto o aquello, se obtiene esto o aquello”. Pero, ¿qué se obtiene?. Sólo destreza. Dejando de lado el Camino, la competencia se desarrolla mediante el intelecto, y nadie avanza más de ahí. Así ocurre siempre que se piensa exclusivamente en técnica, cuando sólo se usa el intelecto. Es cierto que el intelecto es una función de la mente, pero si sólo produce destreza se transforma en semilla de falsía y el resultado es peligroso. Entonces vuelve a empezar y, de ahora en más, sigue el camino correcto.
Luego, se aproximo una gran gata de piel atigrada y dijo:
-En el arte del guerrero es sólo la mente la que cuenta. Por eso, desde el principio, busqué desarrollar este poder. Ahora, mi espíritu es fuerte como el acero y libre, pleno de energía que llena cielo y tierra. Tan pronto como percibo al enemigo, lo fascino con esta mente poderosa y la victoria es mía. Sólo entonces me aproximo, sin pensar, tal como la situación lo pide. Ejerzo sobre la rata el hechizo de mi poder, anticipo cada uno de sus movimientos. En cuanto a la técnica per se, no podría preocuparme menos. Todo se produce por sí mismo. Una rata corre misteriosa por la viga: sólo necesito mirarla fijamente y es mía. Pero hoy, esta rata misteriosa apareció sin forma y desapareció sin dejar huella. ¿Qué es? No lo sé.
La vieja gata contestó:
-Lo que has estado persiguiendo no es más que una fuerza psíquica y no surge del bien que merece llamarse bien. Que seas tan consciente del poder que usas para ganar es suficiente para que se vuelva en contra de tu victoria. Tu ego entra en juego. Pero ¿qué sucede cuando el ego del otro es más fuerte que el tuyo? Si buscas superar al enemigo con tus poderes superiores, él se opondrá a ti con los suyos.
¿Acaso imaginas que la única fuerte eres tú, que todos los demás son débiles? Supongamos que existe algo que no puedes vencer con la fuerza de la voluntad más potente, con tu propia fuerza, aunque fuera superior. ¿Qué harías entonces? Ésa es una buena pregunta.
La fuerza espiritual que sientes en ti, como el acero, libre y que llena cielo y tierra, no es la Fuerza suprema sino su reflejo. Tu mente no es más que una sombra de la gran Mente. Parece ser el Poder supremo pero, en realidad, es completamente diferente. La verdadera Mente es poderosa porque está constantemente iluminada por una visión clara. Pero tu mente sólo roza ese poder bajo ciertas condiciones. Tu fuerza y la gran Fuerza tienen origen distinto y, por lo tanto, tienen efectos diferentes. Es la diferencia que existe entre la corriente eterna del río Yang Tse y una crecida repentina. Pero, ¿cuál es la actitud necesaria para confrontarse con algo que ninguna fuerza espiritual puede vencer? Un proverbio dice: “Una rata, al verse atrapada, muerde hasta a la gata”. Un enemigo que enfrenta la muerte no depende de nada, olvida su vida misma, olvida sus necesidades, se olvida de sí mismo; es libre. Su voluntad es como el acero. ¿Cómo podrías vencerlo con una energía espiritual pretendidamente propia?.
Entonces se acercó una gata gris aún más vieja, inclino su cabeza y dijo:
-Sí, es verdad. Es tal como lo dices. No importa cuán grande sea la energía psíquica, siempre adopta una forma. Por ello, durante mucho tiempo busqué desarrollar el poder del corazón. No soy Yo quien ejercita este poder para derrotar espiritualmente a los demás (el “ego” de los otros gatos. Como la primera gata, he dejado de pelear, me reconcilio con el adversario, me hago uno con él y no me opongo a él en modo alguno. Cuando es más fuerte que yo, cedo, me someto, por así decirlo, a su voluntad. Si una rata desea atacarme, por más fuerte que sea, no halla sitio que atacar. Pero la rata de hoy no se guiaba por las reglas. Apareció y desapareció, inapresable como un fantasma. Nunca había visto algo igual.
La vieja gata respondió:
-Lo que llamas reconciliación no procede del Ser, de la Gran Naturaleza. Es una conciliación artificial, caprichosa: un truco. Buscas conscientemente evitar la agresividad del enemigo pero, si piensas en él, por más furtivo que tu pensamiento sea, él percibe tu intención. Y entonces, aunque te muestres conciliatoria, tu mente está lista para el ataque, está preocupada; tu percepción y tus acciones se hallan profundamente perturbadas. Todo lo que emprendes con una intención consciente obstaculiza la vibración original de la Gran Naturaleza, impide el fluir de su fuente secreta y perturba el curso de su movimiento espontáneo. La única manera de adquirir una forma inapresable es no pensar en nada, no desear nada, no hacer nada, abandonarse, en los movimientos, a las vibraciones del Ser. Nada surge entonces como forma oponente, por lo tanto no existe adversario que pueda resistir.
No significa que todo los que han tratado de ejercitar carezca de valor. Cada cosa que han dicho podría ser una manera de seguir el Camino. Técnica y Corazón pueden ser idénticos. Y cuando esto sucede, la Gran Naturaleza, el “principio activo”, se integra a la técnica y manifiesta en la acción del cuerpo. La fuerza del gran Ch’i se pone al servicio de uno. El que posee un Ch’i libre sabe cómo encarar cada cosa de manera correcta, con infinita libertad. En la batalla, su mente, en estado de reconciliación, sin usar fuerza, no cede ante oro ni piedra. Sólo una cosa cuenta: que no entre en juego ni un vestigio de autoconciencia. De lo contrario, todo está perdido. Si se piensa en la meta, aunque fugazmente, todo se torna artificial. Ya no surge del Ser, de la vibración original del Bloque no tallado, y el enemigo deja de estar a tu merced y te resiste.
Entonces, ¿qué procedimiento, qué arte, debemos usar? Sólo cuando eres libre de todo vestigio de autoconciencia (un estado sin mente), sólo cuando “actúas sin actuar”, sin intención, sin artificio, en armonía con la Gran Naturaleza, sólo entonces estás en el Verdadero Camino. Abandona todas tus intenciones, ejercita la no-intencionalidad y deja que el Ser sea. Este Camino no tiene fin y es inextinguible.
Y la vieja gata agregó algo aun más sorprendente:
-No crean que lo que acabo de decir es la verdad última. No hace mucho tiempo, conocí a un gato que vivía en una aldea vecina. Día tras día no hacía otra cosa más que dormir. Nada en él daba indicios de algo parecido a una fuerza espiritual. Allí estaba, recostado como un trozo de madera. Nunca nadie lo había visto cazando una rata. Pero donde él vivía, y en los alrededores, no había ninguna rata.
Donde él iba, las ratas desaparecían. Un día lo visite y le pedí que me explicara el misterio. No me contestó. Tres veces repetí la pregunta. Permaneció en silencio.
No era que deseaba responder sino más bien que no sabía que decir. Entonces comprendí que el que sabe algo no lo sabe. Ese gato se había olvidado de sí mismo y, por lo tanto, había olvidado todo lo que lo rodeaba. Se había transformado en “nada”, llegando al grado más elevado de no-intencionalidad. Podemos decir que había hallado el Camino divino del guerrero: prevalecer sin matar. Este gato en mucho me aventaja.
Shoken, que escuchaba todo esto como en sueños, se acercó y saludando a la vieja gata, dijo:
-Desde hace mucho tiempo practico el arte de la espada pero no he alcanzado la maestría. Escuchando tus comentarios creo haber comprendido la dirección que debo seguir. Pero verdaderamente deseo que me digas algo más acerca de tus conocimientos.
La gata preguntó:
-¿Cómo podría serte de utilidad? No soy más que un animal y me alimento de ratas. ¿Qué sé yo de cuestiones humanas? Lo único que sé es que el significado del arte de la espada no reside en vencer al adversario. Y que en este Camino es posible llegar a ver las cosas desde la luz que está más allá de la ilusión de vida y muerte.
Un verdadero guerrero, a través de sus ejercicios, debe dedicarse al entrenamiento espiritual en busca de esta visión clara. Para ello, debe ante todo explorar las doctrinas básicas de Ser, de la vida, de la muerte y del principio de la muerte. Pero sólo aquel que se ha liberado de todo lo que lo aparte del Camino, especialmente de los pensamientos que lo atan y limitan, puede alcanzar la gran claridad. Libre de perturbaciones, confiando en sí mismo, liberado de su ego y de todo lo demás, el Ser y sus movimientos se manifestarán a través suyo en completa libertad tal como es necesario. Pero si existe apego en su corazón, por más tenue que sea, el Ser se ve obstaculizado y atascado. Y cuando hay un “atascado en sí mismo”, siempre aparece otro “atascado en sí mismo” que se opone al primero. Entonces, dos fuerzas se oponen y luchan por existir y las mejores funciones del Ser, capaces de producir cualquier cambio, quedan inhibidas. Luego, si aparece la muerte, la claridad propia del Ser está perdida. En ese estado, ¿cómo puede uno confrontar al enemigo de manera correcta y contemplar con calma la victoria o la derrota?.
Aun cuando uno salga victorioso, sólo será una victoria ciega que no tiene nada que ver con el verdadero sentido del arte de la espada. El Ser en sí está más allá de las formas. Y no acumula propiedades. Por eso, si uno se aferra al más mínimo objeto, la gran Fuerza queda allí atrapada y el equilibrio original está perdido.
Cuando el Ser se apega a algo, ya no es libre de moverse y de fluir en su abundancia plena. Si se altera el equilibrio del Ser, su fuerza desborda por donde puede.
Libertad significa que si uno no acumula nada, si se apoya en la nada, si no se atasca con nada, no hay fuerza ni fuerza-que-se-oponga, no hay yo ni yo-que-se-oponga. Entonces, si sucede algo, el encuentro es como si fuera inconsciente y no deja huellas. En el I’Ching se dice: “Sin pensar, sin actuar, sin movimiento, en silencio total; sólo así es posible la presencia interior, totalmente inconsciente, del Ser y de la Ley de las cosas y, finalmente, hacerse uno con el cielo y tierra”.
El que practica el arte de la espada de este modo, y vive de acuerdo con ello, está cerca de la Verdad del Camino.
Al oír esto, Shoken preguntó:
-¿Qué quiere decir que no hay yo ni yo-que-se-oponga, ni sujeto ni objeto?
La vieja gata respondió:
-Cuando existe un yo, existe un enemigo. Si no nos manifestamos como Yo, ya no habrá un adversario. Lo que llamamos “adversario” no es más que otro nombre para “oposición”. Mientras haya una forma, siempre habrá la forma opuesta. Cada vez que algo se fija, aparece una forma característica. Si no concibo mi Ser en términos de una forma en particular, ya no existe la forma que se opone. Cuando no hay oposición, no existe nada que esté en contra. Es decir que si no hay un yo ni un yo-que-se-opone, si uno se abandona completamente y se libera de todas las cosas, uno está en armonía con el universo, se unifica con todas las cosas, en la gran Soledad. Aun cuando desaparece la forma del enemigo, uno no lo nota. No es que no lo perciba, sino que no se detiene en ello; la mente se mueve constantemente libre desde la profundidad del Ser.
Si la mente está libre de toda atadura, el mundo, tal como es, nos pertenece por completo y es un mundo único que nos incluye. Se lo percibe más allá de bien y mal, simpatía o antipatía. Ya nada ni nadie puede molestarnos, porque no hay apego. Todo par de opuestos, ganancia y perdida, bien y mal, alegría y sufrimiento, se origina en nosotros mismos.
Por esta razón, en toda la extensión de cielo y tierra no hay nada más valioso que nuestro propio Ser. Un poeta antiguo dijo: “Si ya no te aferras a nada, la cuna más estrecha es espacio suficiente; pero si en tus ojos hay una partícula de polvo, el universo entero te resultará estrecho”.
Porque si en tu ojo hay una partícula de polvo, no puedes abrirlo y, por lo tanto, no tienes clara visión, esa visión que sólo es posible cuando el ojo está vacío. Esto puede servir como analogía para el Ser, que es luminoso, libre en sí de toda forma.
Otro poeta dijo”: Rodeado de enemigos, aunque soy extraordinariamente fuerte, sería aplastado si solo fuera forma. Pero el Ser mora en mí y ningún enemigo puede comprender su profundidad”.
Confucio dijo: “el Ser, aun el de un hombre simple, no puede ser arrebatado.
Pero si la mente se perturba, el Ser se vuelve en contra de nosotros. Es todo lo que puedo decirles. Recójanse y busquen dentro de sí”.
Un maestro sólo puede informar a su discípulo y ofrecerle una explicación. Pero el único que puede reconocer la verdad e integrarla es uno mismo. Esto es lo que se llama integración del Ser. La transmisión se hace de corazón a corazón. Está más allá de toda doctrina y erudición. Esto no significa contradecir al maestro.
Simplemente quiere decir que aun un maestro puede ser incapaz de transmitir la verdad. La verdad no es exclusividad del zen.
En toda enseñanza y en todo arte, la integración del Ser siempre ha sido el hilo central, y esto sólo se puede transmitir de corazón a corazón. La “enseñanza” se limita a indicar, nos orienta hacia eso que ya está dentro de nosotros sin que lo sepamos. No hay secretos que el maestro pueda “transmitir” al discípulo. Es fácil enseñar y es fácil escuchar. Lo difícil es hacerse consciente de eso que hay en uno, encontrarlo y tomar verdadera posesión de ello. Esto se llama “Observar la propia naturaleza, observar la gran naturaleza”.
Cuando esto se produce, experimentamos el Satori, el gran Despertar del sueño y de todas las ilusiones. Despertar, ver dentro del propio Ser, percibir la Verdad de Uno Mismo: distintos nombres para la misma cosa.
Maestro zen Ito Tenzaa Chuya.
El texto proviene de una escuela de esgrima japonesa de principios del siglo XVII.
“Momento presente, momento maravilloso” es un pequeño librito de gathas. Son poemas breves que nos ayudan a permanecer en estado de atención plena.
Estos versos tienen un origen muy antiguo pero fueron reunidos y actualizados por el maestro zen vietnamita, Thich Nhat Hanh para contribuir a la práctica de sus discípulos en la comunidad francesa de Plum Village, donde reside desde su exilio en la década de los 60.
Thich Nhat Hanh, monje zen, poeta, militante a favor de la paz mundial, fundó entre otras cosas la Escuela de la Juventud para el Servicio Social, durante la guerra en Vietnam, La Universidad Budista Van Hanh, la revista La Boi Press y la Orden Tiep Hien (Orden del Inter-Ser), luego de su gira por EEUU y Europa en 1966 no le fue permitido regresar a Vietnam y recibió asilo en Francia, donde continua viviendo.
Como dice Thich Nhat Hanh “al centrar nuestra mente en alguno de estos aforismos, retornamos a nosotros mismos, y cobramos mayor conciencia de cada uno de nuestros actos. Cuando el ghata concluye, proseguimos con nuestra actividad con un percatamiento intensificado (…), ellos y el resto de nuestra vida se vuelven también una misma cosa, y vivimos en un estado de percatamiento permanente que no solo es útil para nosotros, sino para los demás.”
“Meditar significa ser consciente de los que ocurre en nuestro cuerpo, sentimientos y mente, y lo que ocurre en el mundo. Si nos afincamos en el presente, podemos ver las bellezas y maravillas que tenemos delante de los ojos: el sol que asciende en el cielo, un niño recién nacido. Nos basta darnos cuenta de los que está frente nuestro para ser muy felices.”
Versos para meditar:
Invitando a la campana:
“Con mi cuerpo, mi palabra y mi espíritu en perfecta unidad,
mi corazón acompaña el tañido de la campana.
Que quienes la oigan despierten de su olvido
y trasciendan toda angustia y todo pesar.”
Encendiendo una vela:
“Con respeto por los Budas innumerables
enciendo en calma esta vela,
iluminando con ella el rostro de la Tierra.
Ofreciendo el incienso:
“Ofrezcamos con gratitud nuestro incienso
a todos los Budas y bodhisattvas
a lo largo del tiempo y el espacio.
Sea él fragante como la Tierra misma,
fiel reflejo de nuestro cuidadoso empeño,
de nuestro percatamiento sincero,
y fruto de la comprensión que madura lentamente.
Seamos compañeros de los budas y bodhisattvas.
Despertemos del olvido
y fundemos nuestro verdadero hogar.”
Al sentarse:
“Al inspirar, sé que estoy inspirando.
Al espirar, sé que si mi inspiración se vuelve honda,
mi espiración se vuelve lenta.
Inspirar me aquieta, espirar me serena.
Con cada inspiración, sonrío.
Con cada espiración, me alivio.
Al inspirar, sólo tengo el momento presente.
Al espirar ese momento se vuelve maravilloso.”
Estos versos, junto con las delicadas ilustraciones de Mayumi Oda me son muy queridos porque fueron mis compañeros cuando comencé a meditar, son una ayuda sencilla y valiosa, para volver al presente y centrar la mente.
Su ingenuidad aparente no los hace superficiales, por el contrario, contempla sabiamente los distintos niveles de comprensión, y el momento particular, por el que cada uno está atravesando.
Mayumi Oda es una artista japonesa que reside en Estados Unidos. Su obra ha sido comparada con la de Mattisse. Estas imágenes perteneces a la serie de Budas y deidades femeninas budistas.
En el último post hablé del sentimiento que me produjo despertar con lluvia de nuevo sabiendo lo mal que la está pasando mucha gente en mi país.
Los comentarios recibidos y que agradezco mucho me hicieron reflexionar.
Hubo algunos que me sugirieron emprender acciones concretas, como enviar lo que se necesite al lugar. Esa es una de las formas de paliar la situación, afortunadamente las donaciones han sido muchísimas.
Existen varias maneras de ayudar, una es la de las personas que realizan trabajos sociales para mejorar las condiciones de vida de la gente.
He visto cuan desgastante es ese trabajo y a veces que corto vuelo puede tener sin una base sólida de fé y trabajo interno. Todos conocemos la inmensa tarea de la Madre Teresa y sus hermanas.
Más allá de su inquebrantable fé y fortaleza individual, no sé si sería posible si no tuvieran como tienen, muchas horas de oración y una comunidad en la que se sostienen mutuamente.
El trabajo de servicio diario, estar permanentemente en contacto con el sufrimiento, si no hay un apoyo alrededor, cuando la persona se siente sola en la tarea suele ser muy abrumador.
Otramanera no menos importante, es incluir a las personas en nuestras oraciones, ser capaz de ver su verdadera naturaleza.
Sentir la energía de la gran cantidad de personas que en este momento está rezando, meditando, o generando pensamientos positivos, es un sentimiento de unidad muy poderoso.
Creo que es el sostén energético del planeta, todas esas prácticas y acciones de corazón junto con la asistencia invisible con la que contamos evitan, en cierta manera que el planeta colapse.
A lo largo de los siglos millones de seres se han dedicado a acrecentar la energía de amor y paz en el mundo a través de sus cánticos, mantras y oraciones en una tarea a veces anónima, silenciosa y constante.
Como un río subterráneo que está siempre allí proporcionando frescura, y pureza a quien lo necesite.
Y una tercera forma de ayudar es unir el trabajo social y el trabajo interno como Ani Choying Drolma, una monja budista que financia una escuela para niñas y mujeres tibetanas en Katmandú, con los ingresos que obtiene como cantante.
La Escuela Arya Tara, situada en el valle de Katmandú, fue fundada en el año 2000 por la nepalí de origen tibetano Ani Choying Drolma con el objetivo de preparar profesionalmente a las monjas budistas para mejor cumplir sus labores sociales.
Según Choying Drolma, tradicionalmente la educación de la mujer se descuida en Asia:
“La mayoría de las niñas de mi convento de monjas proceden de las zonas rurales, ya sea del Tíbet, India o Nepal, culturas patriarcales en las que sólo se espera de las mujeres que cocinen, limpien y tengan hijos. Incluso en el convento, las monjas han aprendido a leer en tibetano clásico con el fin de hacer la práctica religiosa, pero muchas no son capaces ni de escribir su propio nombre.”
En la escuela Arya Tara las monjas aprenden literatura, matemáticas, ciencias, medicina y filosofía budista.
El trabajo de Drolma y la belleza de su canto contribuye, como el de tantos otros a hacer del mundo un lugar mejor.
A lo largo de mi vida los sueños han sido material importante de reflexión y autodescubrimiento. Muchas veces en momentos significativos un sueño me ha dado una indicación específica a seguir, una advertencia a tiempo antes de actuar, o simplemente se me muestra un aspecto de mí, difícil de advertir conscientemente.
Otros me han dejado completamente perpleja buscando por todos lados una posible explicación o significado.
Hace unos años teniendo como base de práctica el budismo tibetano soñé que me presentaban a una mujer mayor sentada en un trono en medio de una casa semiderruída. Su presencia era importante me miraba a través de unos ojos intensamente celestes. Yo no le reconocía. Alguien me decía: Es Padmasambhava (Gurú Rinpoché, él introdujo el budismo al Tibet). Era como que me presentaran al mismo Buda y yo no le reconociera. Inmediatamente me sentía profundamente avergonzada y me postraba a sus pies, llorando. Con una compasión y un amor de madre la mujer apoyaba sus manos sobre mi cabeza y me decía al oído._ Eso no es importante, lo importante es La Vida y me entregaba algo que nunca supe que fue porque en ese momento desperté.
Hace poco justo antes de decidir comenzar a practicar budismo zen sueño lo siguiente:
Estoy frente a Tara su historia es muy peculiar, fue una princesa que tomó votos de bodhisattva y por propia elección siempre renació en forma femenina para demostrar que no había diferencias entre renacer en cuerpo femenino o masculino, liberó a incontables seres del samsara hasta alcanzar el estado búdico final. Tara es conocida como la Madre de todos los Victoriosos, la Gran Compasiva.
También ella representa como deidad meditacionalla sabiduría prístina de nuestra mente búdica y utilizamos su meditación como un espejo para entrenar nuestra mente.
En el sueño se presentaba como una joven mujer ataviada con los ropajes que caracterizan a las deidades budistas tibetanas y lo adornos correspondientes, cada uno con su significado especial. Recuerdo que me quedaba extasiada en sus ornamentos y su belleza sin igual.
Estaba entregando El Dharma a nosotros, la enseñanza refería al refugio budista.
Entre otras cosas ella nos decía que la gente se ocupaba demasiado del refugio externo y poco del refugio interno.
La idea de Refugio en el budismo no es tanto la de protegerse sino la de tomar como referencia para nuestra vida la propia naturaleza búdica, el potencial que poseemos para despertar. Contemplar un refugio estable es cultivarlo, tener la intención clara de cambiar la perspectiva de samsara a nirvana.
El refugio externo consiste en tener como referencia y guía las Tres Joyas: Buda, Dharma y Sanga.
Buda no sólo Buda Shakyamuni sino todos los seres que han alcanzado su mismo estado.
Dharma el cuerpo de las enseñanzas y la puesta en práctica de las mismas y Sanga la comunidad de practicantes que nos inspiran y apoyan.
El refugio interno por su parte es un refugio en el propio potencial ilimitado para iluminarse.
El buda interno es la semilla de la Iluminación que se encuentra sin excepción en la mente de cada ser consciente.
El dharma interno es nuestra sabiduría discriminativa natural que distingue lo real de los falso.
Y la sanga interna es la inspiración que podemos dar a otros con nuestra práctica.
A veces nos ocupamos tanto de las formas externas que perdemos de vista el confiar en nuestro propio potencial y recursos internos.
Cuando reconocemos y alimentamos ese potencial en cada acto de nuestra vida escuando hemos descubierto el verdadero significado del refugio interno.
Es en ese momento de comprensión de la enseñanza y de la eficacia de sus métodos cuando siento que regreso a casa. Quizás llegue el momento que no necesite que una y otra vez se me recuerde lo mismo a través de los sueños, que es posible estar completamente satisfecho y feliz en cualquier situación, confiando solamente en nuestros recursos internos. Y que los objetos externos de refugio existen para que podamos reconocer en última instancia, como en mi sueño con Padmasambhava, nuestra verdadera Naturaleza búdica en la forma en que se nos presente, y aceptar los dones que ella tiene para entregarnos.
Tomé contacto con la práctica budista de metta (amor benevolente) hace muchos años, a través de dos maestras, una norteamericana Sharon Salzberg en su libro sobre los brahma viharas (moradas celestiales). Mediante la práctica de estas meditaciones hacemos nuestro hogar en el amor, la compasión, la alegría compartida y la ecuanimidad, fácil de decir difícil de practicar.
La segunda maestra mujer que me brindó otra mirada sobre la misma práctica fue Ayya Khema una monja budista alemana de la tradición theravada, a través de su libro “Siendo nadie, yendo a ninguna parte”.
Los dos libros fueron hermosos regalos, el primero de mi esposo, y el segundo de un amigo budista que conocí practicando budismo tibetano y que me insistía una y otra vez que tenía que ir a los orígenes, a las prácticas que hacía Buda. Unos cuantos años después, habiendo pasado un tiempo relativamente largo de práctica budista tibetana, me desvinculé de los grupos. Hoy siento que el camino va por otro lado, como dice Ken Wilber las religiones esotéricas en esencia son casi idénticas, solo superficialmente tienen estructuras enormemente dispares. Y esa síntesis es individual, no existe un camino único.
Pero volviendo a la práctica de metta, creo que si verdaderamente hiciéramos nuestro hogar en esas cuatro prácticas nuestra vida no solo sería más sencilla sino que más cabal. Quizás todos estos años de budismo tibetano con sus complejas meditaciones al final me condujeron hasta lo más esencial, esta sencilla pero profundísima práctica.
Y fue con un monje theravada argentino, abad de un monasterio en México que hace unas semanas recibí por primera vez la enseñanza oral de la meditación de amor benevolente. Esta vez las circunstancias se conjugaron a mi favor como si todo encajara perfectamente, simplemente un email y yo estaba allí sin ningún contratiempo.
Pero lo que más me llamó la atención fue que antes, mis meditaciones teniendo como guía los libros de Sharon y de Ayya, comenzaban directamente con metta y esta vez como requisito previo para realizarla correctamente tuvimos que hacer una meditación sobre el perdón. Y eso lo cambió todo. Fue eso lo que hizo la diferencia porque entrabas en la meditación limpio, sin lastres, y es completamente necesario, para dar amor. Cuantas veces me he revelado porque considero que alguien me exige pedirle perdón, y el ego cuanto más le forzás a algo más se resiste. Pongo mil justificaciones, entre ellas, pero si en definitiva los dos estuvimos mal tantas veces en estos últimos 21 años.
Pero esta vez sentí que iba más allá de eso, que era un punto de inflexión, que tal vez esa era la razón por la que yo estaba allí, para recibir esa pequeña pero poderosa práctica que hizo toda la diferencia y que se resume en tres sencillos pasos: Juntar las manos en oración. Pedir perdón. Perdonar. Perdonarme. Parte del Sutra del Amor Incondicional de Buda: “Así como una madre ama y protege a su hijo, su único hijo, con riesgo de su vida, así debe cultivar este amor ilimitado por todos los seres que pueblan el Universo entero extendiéndolo con una conciencia sublime hacia arriba y hacia abajo y a través del mundo, con serenidad, libre de odio y enemistad…”
(El audio de las meditaciones, así como muchas otras enseñanzas están a disposición en la página de Venerable Bhikkhu Nandisena, www.btmar.org, es extremadamente generoso en compartir sus enseñanzas)